El pulso el mundo v.7. Ver lo mismo con otros ojos

El pulso el mundo v.7. Ver lo mismo con otros ojos

Los hilos del pensamiento recorren los caminos mas sutiles. A veces inesperados, otras -las mas interesantes- inexplorados. Así como todos somos un hormigueo de yoes larvados (Deleuze), donde accidentes de cuna y momento y código postal, nos sindican como un yo público, hecho y derecho, hacía rato que queríamos despegarnos de ser ya no pedagogos (que nunca lo fuimos), sino anti-pedagogos que tampoco nos causa nos demasiada emoción o placer.

Curiosamente muchos de nuestros sombreros están asociados a experiencias contra- o mejor -meta-pedagógicas. Cada vez mas convencidos de que a la pedagogía le esta pasando lo que también le ocurre al psicoanálisis. Se trata de discursos/prácticas/agenciamientos que necesitan desesperadamente oponerse a otros para conformar una identidad técnico-profesional, en un momento en que la liquidez lo corroe todo.

Por suerte nuestras intervenciones (escondidas en el caballo de Troya de la pedagogía), son cada vez mas organizacionales, no didácticas. No nos interesa tanto dar una buena clase, o saber qué es una buena clase, o entrenar a alguien para que dé una buena clase (aunque todos estos pasos/procesos son indispensables, y cada vez sabemos mas cómo hacerlo e insistimos en trabajar con otros para conseguirlo), sino re(diseñar)-organizaciones que logren cumplir con sus objetivos, entre los que se cuentan mejorar los procesos de aprendizaje.

Es lo que hacemos en UNOi y en la UBA, lo que estamos permeando en Santillana Argentina y en UNTREF, lo que venimos trabajando en la escuela de Robótica de Misiones, y en cada uno de los nichos en los que nos vamos desplegando, en un camino de ida que recoge múltiples experiencias y orientaciones convergiendo todas en el sueño de Jerome Bruner.

Cuando en los años 1960 Bruner lideró la revolución cognitiva en psicología, buscó formalizae el sentido que los seres humanos creamos a partir de nuestros encuentros con el mundo, para luego proponer hipótesis acerca de los procesos de construcción de sentido en que nos basamos (Maggio, 2018).

Si hace 50 años esta demanda de sentido era imperiosa y oportuna, en 2018 cuando a todos los actores sociotécnicos que había en aquel momento, le debemos sumar en forma preponderante las inteligencias no-humanas, la pregunta por el sentido (el para qué) se vuelve imperiosa, y precede cualquier interrogación ulterior acerca del cómo y el qué.

Es por ello que hace un semestre cambiamos el foco de nuestra atención en general flotante, dispersa, antidisclipinaria, profundamente saltarina y jocosa y empezamos a recuperar lecturas de una o dos décadas atrás, volvimos a leer en papel libros de 500 páginas y mas, pasamos de lo micro a lo macro y de lo coyuntural al muy largo plazo.

El disparador fue doble. En marzo del 2018 tendría lugar la conferencia anual de directores de UNOi, y queríamos dejar atrás preocupaciones mas convencionales acerca de las tecnologías del conocimiento (charla en Los Cabos 2017), o de anti-pedagogía (Cancún 2016), metiéndonos de lleno en preocupaciones que habíamos merodeado 40 años atrás, cuando hicimos nuestros primeros pinitos en la Prospectiva y el diseño de Futuros.

Paralelamente el regreso a nuestro país después de 4 años de vagabundeo latinoamericano resultó en un extraño cortocircuito dado por las peculiares limitaciones del diseño cultural en Argentina corroído por el cortoplacismo, la ventajita política, la promoción de grietas ideológicas (mas allá de las grietas económico-sociales desgarradoras), la refracción ante lo extemporáneo, que en discusiones que proliferan en otras latitudes -pero que aquí no prenden- y sobretodo el obstáculo que supone la opacidad de la institución universitaria. Muy desfasada en climas y recursos, respecto de lo que se está cocinando en otros lados.

Nuestra respuesta frente al shock del pasado que fue el regreso a la Argentina, derivó en la coescritura junto a Julio Alonso de un toolkit cognitivo, aun en proceso de redacción que encarnaría en 30 cápsulas, miradas, lecturas, análisis y formatos de acuerdo a un fascinante recorrido que sintetiza y condensa décadas de investigación y docencia balizados en 7 momentos: 1. Innovar, 2. (Re)Leer, 3 (In)formar, 4. Diseñar, 5. (Des)Aprender, 6. Trabajar, 7. Causalidades invertidas.

Como parte de esta coevolución decir/hacer convertimos esas cápsulas en presentaciones que titulamos El Pulso del Mundo y que a lo largo de los últimos 4 meses han tenido una media docena de versiones, siendo la mas reciente la que presentamos en el evento #Conectactica2018 http://conectactica.udg.mx/, la 8tva edición de una convocatoria de rediseños pedagógicos dedicados este año a Desarrollo de habilidades cognitivas de orden superior en estudiantes.

Por primera vez en esta seguidilla de charlas cambiamos el titulo adecuándolo a la curiosa sugerencia de los organizadores quienes pretendían que abriéramos el Congreso disertando sobre Pensamiento Crítico, algo que solo podemos hacer si simultáneamente nos proponemos criticar al pensamiento (a partir de la cultura maker). En ese espíritu dividimos a la charla en 4 secciones como solemos hacer -y en este post recorremos la primera de ellas.

1. ¿Cuál es nuestro siglo?

“Todo está hecho pedazos. La coherencia del mundo se esfumó” John Donne, Anatomy of the world (1611)

Estamos hartos de que nos vendan espejitos de colores tecnológicos. No tanto porque las investigaciones en curso no se asemejan cada vez mas y mejor a la magia, planteándose interrogantes -y resolviéndolos- de una manera que solo podemos asociar a las maravillas sin fin: como construir plásticos a partir de fibras vegetales, o programas de computación que, además de ganarle a campeones de damas, ajedrez o Go, son capaces de soñar con imágenes surrealistas, o frente a una ciencia-ficción que nos ayuda a hacernos preguntas filosóficas de una densidad y creatividad jamás imaginadas (como en Arrival, o Trascendence).

Sino precisamente, porque para poder dimensionar el ADN epistemológico de todas estas innovaciones y su aporte posible (o deseable) para la reinvención de la especie humana (Regenesis: How Synthetic Biology Will Reinvent Nature and Ourselves, Life, 3.0: Being Human in the Age of Artificial Intelligence, A Crack in Creation: Gene Editing and the Unthinkable Power to Control Evolution) debemos “recular por mieux sauter”, y preguntarnos mas sencillamente ¿en qué siglo estamos viviendo?

No el siglo del calendario (ya que los siglos se han vuelto elásticos (o cortos) y pueden durar como dijo Hobsbawn 73 años, hablando del soviético entre 1918 y 1991 The Age of Extremes: A History of the World, 1914-1991), sino cual es el siglo de nuestras preocupaciones, de nuestras ambiciones, de nuestras expectativas, y de los costos que estamos dispuestos a pagar (o a hacer que paguen otros) para que el siglo haga sentido.

Ningún siglo, ni los mas gloriosos (el de Pericles, el Renacimiento, el Iluminismo) vienen sin claroscuros. Cuando para nosotros emergía lo que sería la gloriosa modernidad, John Donne deploraba la muerte del sentido premoderno. Llegados al siglo XX no hay ni consenso ni certezas. ¿Habrá sido el siglo XX el mejor siglo de la historia? ¿Habrá logrado que finalmente el cielo y la tierra se juntasen? ¿O por el contrario habrá sido el siglo de los extremos, de la crueldad, el terror y la muerte y como tal el peor del que tengamos noticia?

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No son decenas, sino centenares las obras que han inscripto el siglo XX dentro de un arco de evolución de la humanidad que lo singulariza en lo que tuvo de sublime pero también de apocalíptico. En ese panteón brillan el estudio panorámico de Peter Watson (1424 págs.) Ideas. historia intelectual de la humanidad, Critica, 2008.

Peter Watson, autor de la celebrada Historia intelectual del siglo XX, identifica las tres ideas que, en su opinión, más han influido en la historia de la humanidad: el alma, la invención de Europa y el método científico. Todo está en este libro, desde la conquista del fuego hasta la tecnología punta de nuestros días. Pero también la conciencia de que el progreso no ha sido constante en el tiempo ni ha afectado -ni afecta- por igual a toda la humanidad. La vida intelectual, que es la dimensión más importante y satisfactoria de nuestra existencia, es cosa frágil, que se quiebra o destruye con gran facilidad.

La obra de Badiou en cambio recupera al siglo XX como intensidad y tragedia justificadas, y en una inesperada apología de un marxismo supuestamente renovado pero en el fondo profundamente victimario, sigue prefiriendo un siglo XX frente a lo que el ve hoy como un siglo flan, vencido, contrito.

Para él pasión, la del siglo XX, no fue en modo alguno la pasión por lo imaginario o las ideologías. Y menos aún una pasión mesiánica. La terrible pasión del siglo xx fue, contra el profetismo del siglo XIX, la pasión de lo real. La cuestión era activar lo Verdadero, aquí y ahora.

Mientras, Sloterdijk desde una posición mas tercerista sostiene que el siglo XX no fue ni el fin de la historia, ni debe ser repetido como laboratorio de la creación de un hombre nuevo, aunque por cada uno de ellos deberían morir miles o millones de los viejos, sino que se plantea como realización de los sueños de la Edad Moderna sin haberlos interpretado correctamente, del siglo XXI puede decirse que ha de comenzar con una nueva interpretación de los sueños.

Ningún concepto aislado o preconcebido en ese siglo, desde «era atómica» hasta «globalización», responde a la cuestión que plantea el título: ¿Qué sucedió en el siglo XX? Y una mera cronología de acontecimientos o de ideas tampoco abarcaría cabalmente el significado de este siglo para la posteridad.

Por eso, Sloterdijk expone la necesidad de renovar completamente nuestra forma de proceder en todos los campos, desde la economía hasta la filosofía, y atribuye una posición central al tesoro, es decir, a la naturaleza, la nave espacial Tierra aludiendo la metáfora de Buckminster Fuller, contra el extremismo que caracterizó el siglo pasado.

Ya sea que cortemos nuestras preguntas según estos estiletes, que bautizamos al siglo XXI como continuación o superación (para otros, involución) respecto del siglo XX, sobran los adjetivos que tratan de calificarlo: la era del vértigo, la era de la nada, la era del asombro, la era de la curiosidad, la era de la incertidumbre, la era de todas las eras.

Lo que no podemos ignorar es la inmensidad capacidad de construcción (la de destrucción ya la comprobamos en las dos guerras mundiales y en los interminables conflictos regionales, hoy con el de Siria a la cabeza) y creación humanas, que tiene su encarnación en la re-invención de Shanghai

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Pero si algo singulariza fenomenológicamente nuestro pasar histórico es la aceleración tecnológica, la ruptura con toda linealidad anterior, la promesa (y muchas veces el cumplimiento) de diferenciales inimaginables hace pocas décadas atrás. Y si aun distamos años luz de la singularidad no es menos llamativo todo lo que hemos conseguido como puede atisbarse en procesos exponenciales como estos

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Ratones generados a partir de células madres y no de fertilizacion convencional

Cyborgs como Neil Harbisson, que no ven sino que escuchan colores y prometen nuevos sentidos.

Centenares de drones que dibujan imágenes en el espacio, revela bonos espacios y tiempos inaccesible sa los sentidos tradicionales, modificando nuestra autipervcepticon y permitiendo una geoposicionamiento personalizado de consecuencias inimaginables.

El automatismo de una época como el Antropoceno, dándole a la razón humana técnica un lugar de privilegio en el reformateo de la corretea terrestre y de las dinámicas asociadas al comportamiento de Gaia.

La promesas de la Singularidad para no mas allá del año 2050 cuando el hombre se volvería inmortal como anticipó una histórica tapa de la revista Time.

La obligatoriedad de remozar todas nuestras herramientas conceptuales y de empezar a tematizar a los hiperobjetos con tu quintuple cualidad de viscosos, derretidos, no-locales, fásicos, interobjetivos.

Pero tampoco se trata de pensar mejor en un mundo que se ha salido de sus goznes. Podemos sumergirnos y leer a Timothy Morton con unción (y de paso detectar unas cuantas contradicciones en sus propuestas) para vernos abofeteados por un montaje que armó la tapa de la revista Time en Junio de 2018.

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y nos devolvió a una realidad dura, incomoda, absurda que transparente y lastima no solo que todo lo sólido se disuelve en el aire sino que por mas que encontremos nuevos conceptos para pensar/diseñar nuestro presente, éste se presenta como profundamente lacerado e inequitativo.

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