Captura de pantalla 2014-09-09 a la(s) 8.59.14 AMCaptura de pantalla 2014-09-08 a la(s) 1.07.48 PMEl fuera de programa de Beatriz Sarlo: “conmigo no Barone”.

El fuera de programa de Beatriz Sarlo: «conmigo no Barone».

Seguramente en la prolífica obra de Beatriz Sarlo debe hacer decenas sino centenares de citas, que la convierten en una referencia ineludible para pensar nuestro presente, para reconstruir el imaginario tecnológico de principios del siglo pasado, para revisar nuestras certidumbres y nuestro desconocimiento acerca de temas tan variados como la modernidad periférica, la imaginación técnica o las escenas de la vida posmoderna y, sobretodo, para auscultar como llegará nuestro país (a los tumbos) al futuro.

Hemos leído mas de la mitad de los libros publicados por Beatriz tanto en los años 80 y 90, como los de este siglo como Tiempo presente; La pasión y la excepción o Tiempo pasado. La conocimos hace muchos años atrás, compartimos mesas redondas y encuentros con ella, promovimos la presentación uno de sus libros en CLACSO a fines de los años 80, y siempre la hemos respetado como a una de la intelectuales mas seguras y mejor formadas que haya tenido nuestro país en el último medio siglo (sus pares vivientes son José Nun, José Luis Romero, Juan Carlos Tedesco, José Burucúa y no muchos mas).

Curiosamente quizás Beatriz sea recordada en el futuro mucho mas por su célebre frase «Conmigo no Barone» pronunciada en el curso de una demoledora actuación en 678 en el año 2011, en donde, invitada a presentar su libro La audacia y el cálculo. Kirchner 2003-2010, Beatriz barrió sin proponérselo pero inevitablemente, con un puñado de pseudoperiodistas, empleados estatales y repetidores seriales de truismos y relatos.

O tal vez por haber producido cuando ya frisa la setentena un bizarro e inesperado diario de viajes que baliza su turismo epistemológico por Bolivia, Perú, Brasil y Las Malvinas. Que echa un manto de olvido sobre la operación mediática que trató de borrar muchas décadas de prolífica investigación e innovación remitiéndola a su rol de certificado de defunción de Orlando Barone convertido de ex periodista en payaso mediático.

Sarlo trabajó en la industria editorial junto a Boris Spivacow de la mano de Anibal Ford, se interesó por el primer peronismo y adhirió al maoísmo, fundó en plena dictadura la revista Punto de Vista (donde se plantearon discusiones sobre arte, historia y política a lo largo de tres décadas cerrada por voluntad propia ante el desinterés por el espíritu de la época y coronada con un CD-Rom), participó activamente del Club de Cultura Socialista, enseñó literatura argentina en la Universidad de Buenos Aires (hasta que renunció al agotarse su ciclo) y estuvo, en su momento, cerca de Chacho Álvarez y del frustrado gobierno de la Alianza.

Ahora, en su delicioso último libro, titulado Viajes. De la Amazonia a las Malvinas, Sarlo no solo se vuelca de lleno a una escritura narrativa y autobiográfica, sino que lo hace para rescatar del olvido una serie de viajes hechos en su juventud, durante los años 60 y 70, por los territorios de una América Latina atravesada por revoluciones o las promesas de su pronta llegada.

Desde la «teoría de lo inesperado» que funciona como el denominador común que cohesiona las distintas crónicas del libro codificada en el salto de programa que Beatriz define como el objetivo de cualquier viaje que se precie: «El salto de programa», escribe, «es la esencia misma del viaje: un shock que desordena lo previsible, rompe el cálculo y, de pronto, abre una grieta por donde aparece lo inesperado, incluso lo que no llegará nunca a comprenderse del todo. Desorden y golpe de fortuna». ¿Cómo prepararse, qué hacer para toparse con estos saltos? Nada, por supuesto. Solo estar dispuesto y esperar. «.

Leer esta deliciosa crónica autobiográfica genera placer en múltiples niveles. Desde la ingenuidad y la valentía con que estos veinteañeros decidieron perderse en la selva, sufrir privaciones, arriesgar el pellejo hasta atreverse a confrontar sus ilusiones con una realidad que la desconfirmaria una y otra vez. Hay aquí una frescura y una sinceridad que añoramos en tantos otros lados.

Motivada por las fotos que recibió de manos de Alberto Dato luego devenido fotógrafo y parte de la expedición de los años 70, hace poco tiempo atrás, Beatriz recorrará un Deán Funes, Córdoba de su juventud, para después poner en palabras lo que vio y sintió (y reconceptualizó con interpretantes que no tenia en ese momento, décadas mas tarde), por Bolivia, Perú, Ecuador, Brasil, la Amazonia.

Como bien comenta Maximiliano Tomas hace falta talento y valentía para volver con honestidad sobre los pasos dados décadas atrás, para mostrarse en toda la ingenuidad de la primera juventud. Beatriz y sus compañeros iban como promesantes, creyendo que era posible mirar y captar la autenticidad (el «aura» que como concepto descubriría en Walter Benjamin muchos años mas tarde).

Estos promesantes vivían en estado de optimismo epistemológico, en esas tierras buscaban la revelación de una experiencia que, estaban convencidos, cambiaría pronto el signo político del continente. Ahora en el presente sin cinismo pero tampoco sin nostalgia, Beatriz insiste en que entonces viajaban para conocer, pero que no estaban en condiciones de entender lo que encontraban. Ojalá asimilaran esta enseñanza las actuales generaciones que no pueden reconocer que salvo casos excepcionales (revoluciones genuinas de transformación radical y los pocos días o meses que duran), siempre estamos desfasados (adelantados o atrasados) respecto de nuestro presente.

Beatriz ha leído muy bien a sus autores de bolsillo y en particular a Roland Barthes y nos deja como regalo saber que el desafío sigue siendo erigirnos como «sujetos inciertos«, ni prisioneros de la historia ni sus fáciles liquidadores. Equidistantes de relatos vacíos y de máquians cuenta billetes.

Su encuentro con los jíbaros (que los promesantes no sabian que eran tales, y que descubrieron que habían sido sus huéspedes casi medio siglo mas tarde) sitetiza ese «no ver que no se ve:» «Los aborígenes nos llevaron una semana a vivir en su aldea. Es el comienzo de mi libro de viajes porque estuve con los Jíbaros sin saberlo; y de la misma manera, estuve en muchos lugares sin saber dónde estaba«, sintetizando asi esa idea de lugar pleno que es otra forma del no-lugar.

Algunas fotos (en la tapa del libro en y en algunos blogs y entrevistas) muestran a la chiquilina de 20 años que en su caso ni se come crudo al mundo, pero que tampoco se deja intimidar por él, con barruntos de la garra que demostraría en su aparición en el programa estatal 678 y en muchas de las bisagras de su vida.

Muchos momentos del libro son sublimes y nos hubiese fascinando estar dentro de su propia cabeza cuando los estaba viviendo. Como ese encuentro con una Brasilia desierta porque recién se había inaugurado, y donde todo era promesa, una auténtica imagen de ciencia ficción. Pero Beatriz está bien parada en el aquí y en el ahora, y tiene claro que hubo algo en lo que acertamos en su encandilamiento con Brasilia: su construcción anunciaba el Brasil de hoy, la potencia en la que se iba a convertir, como uno podría decir que las mil y una discusiones sobre si mover la capital de Buenos Aires anuncian las muchas debilidades de la Argentina actual.

Cuando la entrevistan le ponen palabras en la boca de sus descripciones y ella gentilmente las rechaza, no iban en busca del pintoresquismo porque ni siquiera conocian lo que esa palabra denotaba. Tampoco sabían que era una muestra de voluntarismo creer que es posible comunicarse entre culturas que no comparten una palabra como el quechua y el castellano.

En tren de confidencias ahora sabemos que el alma errabunda de Beatriz seguramente tiene que ver con cosas muy viejas, de la infancia, que de hecho están en este libro. Todas las personas que aparecen de esos años son personas que le enseñaron cosas. No le enseñaron sobre la Enciclopedia Británica, le enseñaron sobre cómo hay que tratar a un caballo, a una gallina, cosas del campo… Beatriz fue una persona sometida a un intenso proceso de aprendizaje desde muy pequeña. Sus juguetes no eran juguetes tranquilos, era necesario aprender 350 reglas para jugar con ellos 3 minutos. Tenía una serie de adultos mayores que la rodeaban y hablaban.

Como siempre se ataja y bien, si la quieren acusar de consumista cultural por esa voracidad ella la asume y la defiende como la que mas. Beatriz tiene pendientes viajes como al Partenón y a Tokyo, a los que cree que los va a seguir conociéndolos solo por foto. Pero no cree que vaya a ir ya. En la actualidad solo va adonde sabe que tiene un trabajo…..

Por todo lo que nos regaló, por su biblioteca de temas y autores, por la valentía de convertir recuerdos mágicos en relatos que nos salpican con intuiciones y relecturas, Beatriz se merece sendas invitaciones de las embajadas griega y japonesa para prolongar viajes devenidos vivencias narrables. Que esta vez no serán de juventud sino de madurez, que esta vez no enrocarán recuerdos, sino que inventarán nuevas fantasías y promesas. Y sino hagamos un poco de crowdfunding para alentar su viaje, como ahora está de moda.

Referencias

Maximiliano Tomas El libro que muestra a una Beatriz Sarlo desconocida| 7/8/2014 sociedad-156320-el-pasado-mochilero-de-una-intelectual-opositora-en-fotos.php
Rodrigo Duarte entrevista con Beatriz Sarlo: «Sentí la necesidad de correrme de la política»
Luis Majul Beatriz Sarlo y su nuevo libro «Viajes»
El pasado mochilero de una intelectual opositora en fotos

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