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Los datos que hay en mí

El nuevo festival del yo cuantificado

Cuando @valenzine dio uno de sus mejores teóricos en el primer cuatrimestre del 2013 sobre analítica personal, que hubiese tocado con esmero un tema que olía a geek y a nerd pareció una muestra inteligente de mente avispada, pero también de ganas de someterse al escarnio publico.

Porque si bien resultó mas que simpaticón para el colectivo de datos se enterarse de la existencia de aparatitos y adminículos, de gente que dedica mucho tiempo a conocerse a si mismo, pero no tanto al modo socrático cuanto bajo un denominador hiperracionalista y eficientista, al mismo tiempo hubo respuestas con un dejo de sarcasmo y de desprecio ante tamaño despliegue de autocomplacencia rayana en el autismo digital.

Tanta resistencia y desconocimiento ignora hechos históricos básicos. Siempre hubo gente que quiso conocer en detalle la cara fisiológica de su ser. La medicina deportiva hace décadas que avanzó en esta línea, buscando diseñar atletas mas fuertes y rendidores, y de paso probando una droga o dos, hasta que es detectada y cambiada por otra.

La medicina clínica nos bombardea cada año o dos con una serie de tests (antes de venir a Bogotá me hice mi segundo o tercer chequeo exhaustivo) y esas métricas que antes quedaban monopolizadas en manos de los facultativos, ahora empiezan (a través de la desintermediación interneteana) a ser parte del gran movimiento (que también le hace eco a la automedicación) de la autodiagnosticación, pero también de la detección temprana (ver el importante aporte de Larry Smarr mas abajo).

Además, históricamente, la propia medicina ha tenido abanderados y pioneros, como el médico italiano Sanctorius de Padua, quien en el siglo XVI se interesó por la cantidad de energía que necesitaba un organismo vivo, para lo cual se pesó durante 30 años antes y después de comer.

O de médicos como como el extravagante John Hunter que en 1760 se inyectó materia extraída de penes de gonorreicos y sifilíticos, o de Anton von Stork, quien ingirió venenos para probar sus efectos terapéuticos, sin olvidarnos del médico norteamericano Jesse William Lazear, quien murió en 1900 al dejarse infectar por un mosquito que transmitía la fiebre amarilla para investigarlo.

Del amateurismo al profesionalismo en el juego de los datos

Pero una cosa es recordar estos llamativos autoexperimentos históricos, o deleitarnos con cierta displicencia de los pesares o avatares de @valenzine, y otra muy diferente es que justo en este año 2013, cuando la cátedra de datos se sumergió de cabeza en la problema de las digital humanities, que no es otra cosa que la búsqueda de la inteligibilidad en la vida cotidiana de la big data, la mejor revista dominical de noticias, El País Semanal le haya dedicado su nota de tapa del domingo 10 de noviembre del 2013 “a los datos que hay en mi“. Elaborando de paso un detallado informe a cargo de Luis Miguel Ariza que se pregunta acerca de la obsesión contemporánea por recopilar información sobre uno mismo y a la industria que sueña con los beneficios de procesarla.

Focalizando en la historia de Chris Dancy (ver The Story de la American Public Media), quien carga sobre su cuerpo con cinco dispositivos, incluyendo al celular como procesador de toda información.

Dancy visualiza su actividad en gráficos y estadísticas. Pero Dancy no es un geek del momento, según él la mejor actitud que uno puede tener ante un mundo tan conectado y repleto de información es “fundirse y ser uno con los datos“. Para él, y supongo que lo mismo ocurre, para @valenzine y el resto de los lifeloggers, los datos sobre uno mismo no hacen otra cosa que proporcionarles mas poder y control.

Lo que algunos logran a través del yoga y la meditación, otros a través de la gimnasia y los deportes, otros a través de la danza y otras actividades expresivas, esta nueva generación de datoadictos lo hace a través de sus instrumentos de automedición.

Claro con menos riesgo que lo que le suponía a Stellarc explorar los limites físicos de su cuerpo, y probablemente con suma ingenuidad interpretativa. Pero la tendencia es generalizada y lo que ayer nomás (en un teórico de datos) aparecía como extravagancia o menefreguismo conceptual se convierte en una epistemología de la performance y un potencial (enorme) de negocios.

Como siempre Wired y Kevin Kelly lo vieron antes que muchos de nosotros

Hace ya 6 años (casi un sIglo en tiempo interneteano) que el periodista Gary Wolff y el digerati Kevin Kelly en “The quantified self” descubrieron esta voluntad por la automedición convertida en modo de vida.

Hecha posible gracias a los poderes mágicos de intercomunicación de la red, la baja brutal de precios de los sensores, y sobretodo la emergencia de una cultura maker, de tinkering con los dispositivos, que remeda la cultura hobbista de la construcción de kits de los años 70 (la primer computadora ensamblable de la historia fue la Altair 8800 en 1975), la automedició es ya parte de nuestra identidad.

La publicación del infaltable informe Pew The Self-Tracking Data Explosion de mediados del 2013, mostró que el 60% de los norteamericanos están pendientes de su dieta, de los ejercicios o de su peso, y que de ellos un 7% utiliza los dispositivos móviles para registrar los datos. Aunque en España o en América Latina esta tendencia es mas que incipiente, queda claro que la proliferación de máquinas de producir datos (ahora sobre nosotros mismos) alienta la expectativa de convertirlos en información, y en el medio generar jugosos ingresos para los adelantados que lleguen primero.

Asi Alfredo Romeo director de Intelify usa un software que cuantifica con quien se ha estado escribiendo y con qué frecuencia lo viene haciendo desde hace una década atrás. También contamos con software de productividad que nos dice cuan eficientes somos en un momento determinado. Ya hay software que cuenta cuanta gente pasa por una calle (también puede ser usado con fines artísticos como vimos en la exposición ][LIMINAL][ en Hong Kong), el algotrading y sus patinadas, también esta muy ligado a estos microcomportamientos, y la cuantificación promete toneladas de plata para quien apueste a ganar mucho dinero con la biometría y los sistemas de seguridad.

El cuerpo (también) es información

Si hay negocio es porque hay cantidad, porque hay medida, porque hay novedad, porque hay deseo, y en una de esas porque hay necesidad. Se trata como siempre de ver lo mismo con otros ojos. Mientras el artista ve al cuerpo como belleza y deleite, mientras que el deportista lo aprecia como tensión y potencia, mientras que la bailarina lo usa como motor de expresión al ser escritura en movimiento, los mercaderes saben que la información que llevamos en el cuerpo es inmensa, y que la que puede ser extraída con fines de identificación y puede ser automatizada para obtener respuestas en tiempo real tiene un valor económico inconmensurable.

Hoy aunque estamos lejos de vivir en el mundo de Gattaca, donde un sensor extrae una gota de sangre para diferenciar a los probos de los entenados, y de paso permitir que un debilucho genético pudiera visitar las estrella, el hecho de que en Ezeiza ya debamos poner los deditos para que (según un video institucional pueril en el aeropuerto) se sepa que los que entramos somos los mismos los que salimos, (mientras la frontera norte es un colador bienvenido al narcotráfico), es toda una declaración de hipermodernidad.

Como siempre en estas idas y vueltas hay pros y contras, algunos se indignan de que la biometría pueda llegar a usarse para (no) franquearles la entrada a su propia casa o de su trabajo, mientras que otros se alegran al de evitarse una hora de cola en la entrada de migraciones de aeropuertos como el de Schiphol en Amsterdan.

Otra vez Larry Smarr, y esta vez con la excrementologia

Hay gente que tiene muchas vidas y que en todas ellas se destaca. Es el caso de Larry Smarr quien hace décadas desarrolló trabajos maravillosos sobre supercomputación y visualización publicando junto a William J Kaufmann, el bello libro Supercomputing and the transformation of science (1993), y previamente habia ayudado junto a a monstruos como J.C.R. Licklider, Leonard Kleinrock o Ray Tomlinsona crear Internet http://vimeo.com/6982439.

Si Smarr vuelve a entrar en este relato traído de la mano de Ariza que lo entrevistó por correo electrónico para su nota en El País Semanal, es porque este astrofísico de 65 años que padece de una inflamación crónica del colon, la llamada enfermedad de Crohn, es el primero en haberse hecho una maqueta tridimensional de su colon, a partir de la información de un scanner de resonancia de su intestino a raíz de sus problemas digestivos.

Smarr no tiene empacho en mostrar sus intimidades en gigantescas pantallas en su laboratorio en Caltech, pero mas estrambótico aun es que revele su colonia microbiana con las poblaciones de bacterias que viven en su intestino, datos conseguidos a través del análisis de sus excrementos, que a veces conserva en un freezer (ver Astrophysicist/computer programmer analyzes own gut, diagnoses his IBD).

Si bien pocos comparten esta pasión de Smarr por la excrementología (que tiene a las heces como principal protagonista), gracias a estas preocupaciones sabemos ahora que un gramo de excremento contiene 100.000 millones de bacterias (la misma cantidad de neuronas que tenemos en cada cerebrito de los nuestros). Convertido en datos se trata de la inimaginable cantidad de 100.000 terabytes de información. De paso ahora sabemos también que un cuerpo humano tiene diez veces mas bacterias que células humanas.

Haciendo medicina a ciegas

Smarr nos recuerda (y de paso le revuelve las tripas de la corporación médica) que hoy estamos haciendo medicina con solo el 1% de todo lo que es generado dentro nuestro por los microorganismos. Pronto habrá genomas personales no ya de 1.000 dólares como dice la nota, sino de 100 o menos (ver la notable nota de tapa Anne Wojcicki Is The Most Daring CEO In America de la Fast Company de noviembre de 2013). Lo cierto es que los ciudadanos tendremos mucho mas conocimiento acerca de nosotros mismos, de lo que nunca hubo en la historias médicas de los hospitales y clínicas mas prestigiosas (incluyendo la de Dr. House). Cuando esto ocurra ya no nos recetarán por lo bien que le vaya a los voluntarios anónimos en los estudios clínicos, sino por como nos irá a nosotros con nuestros propios perfiles generadores de medicamentos a medida.

De la mecánica de prevención vehicular estamos pasando a la medicina preventiva hecha posible gracias al yo cuantificado que detectará anticipadamente los metabolitos antes de que nos provoquen diabetes, infarto o lo que fuere. Mientras que los médicos se mofan de los pedagogos haciendo la aburrida comparación entre clases y quirófanos (invariables las primeras, irreconocibles las segundas para profesionales de un siglo o dos atrás), nosotros podemos hacer lo mismo con ellos, ya que no obstante los prodigiosos avances de las última décadas seguimos operando a un nivel de baja complejidad totalmente inaceptable.

Cuando el registro actúa como herramienta terapéutica

Parece que no solo escribir calma o nos ayuda a rediseñarnos ontológicamente. Enfrascados como estamos hace tanto tiempo en las tecnologías persuasivas, no necesariamente asociadas al marketing o al consumo, enterarnos de que en la lucha contra la obesidad dispositivos como el Fitbit de @valenzine, que contabilizan las calorías, las distancias recorridas y los pasos dados, pueden hacer una gran diferencia en la defensa de la salud, nos alegra sobremanera

Claro que las primera impresiones que brindan investigaciones asociadas como las que hace Cristina Botella en el laboratorio de psicología y tecnología de la Universidad Jaume I de Castellón son de profunda sospecha y desconfianza. Nos recuerdan a las terapias conductistas, ¿qué es eso de que un software como Sonreír es divertido curaría la depresión? ¿Qué tiene de serio (o de eficaz para ser mas pragmáticos) mandarle mensajes de textos varias veces por día a los pacientes para que cuantifiquen sus estados de animo?

¿O no será al contrario? Y si mas alla de las críticas profundas que los académicos hacen de estas prácticas, tener esos datos en tiempo real y asociarlos a las actividades concretas que hacen los pacientes no revelen relaciones significativas con alto potencial curativo?

No hagas lo que no quieras que no se sepa

Dejando un tanto del mundo de la intimidad cuantificada, queda claro con los experimentos cruciales llevados a cabo por Julian Assange y Edgar Snowden al denunciar el espionaje global a manos de USA, que todo lo producido en el mundo digital y mucho de lo desarrollado en el real son susceptibles de relevamiento, captura y procesamiento. Casi todo lo que hacemos (dentro y fuera de la casa), a veces con fines nobles y resultados mas que prometedores como el muchas veces citado ejemplo de “¿Cómo nacen las palabras? de Deb Roy lo mostró, está siendo monitorizado constantemente por sistemas de información.

Dejamos huellas digitales por doquier, desde supuestamente inocentes tarjetas de metrobus que van regando las miguitas digitales de nuestros desplazamientos, hasta los implacables resúmenes de los tarjetas de crédito que dicen no solo qué compramos, cuándo compramos, dínde compramos, sino sobretodo cómo compramos (y cuál es la pauta que conecta todas nuestras decisiones de consumo) pasando por registros electrónicos por doquier: hoteles, bancos, aeropuertos, suscripciones de todo tipo y sobretodo ingresos a la web. Sometidos a este registro diario implacable, la amenaza del panóptico benthaniano/foucaultiano es un poroto.

Como bien lo anticipaba la tercera parte de la saga El ultimátum de Bourne (2007) en la célebre escena de la estación Waterloo, somos seguidos en todos los ámbitos, a toda hora, implacablemente. ¿Y ahora encima queremos regalarle al Ministerio de la información nuestros datos mas íntimos y privados?, ¿Quién nos dice que algún cínico conociendo la impresión en 3D del colon de Smarr no la convierta en un negocio para los hiperricos?, ¿quién nos asegura que nuestras divertidas muestras de automonitoreo no sirvan para diseñar productos y servicios cada vez mas artificiales y menos significativos?

Hacer preguntas como estas puede dar patente de seriedad e inteligencia, pero quedan a años luz de los comportamientos sociales y de las buenas intenciones de estos pioneros que al haber aportado a esta metafomorfosis del comportamiento colectivo como yo cuantificado, han abierto nuevos caminos para la ampliación, el autoconocimiento pero sobretodo la posibilidad de cambiar hábitos y comportamientos, porque ahora sabemos un poco mas de donde emanan, como se construyen y sobretodo como modificarlos, xando cueso a la obsesión de B.J. Fogg y la nuestra propia.

De todo lo anterior lo que mas nos interesó fue la apuesta de Smarr por una medicina preventiva hecha a partir de nuestros propios datos. El gran desafío no es autocuantificar, sino autocuantificar con relevancia para aumentar nuestros grados de libertad y en este caso poner entre paréntesis (illichianamente) a la iatrogenia de la corporación médica es un buen punto de partida, sigamos explorando.

Comentarios

  1. Bárbara G.

    Muy interesante. Al respecto les dejo la web de Zamzee, un dispositivo que ayuda a los chicos a moverse más- algo hace años impensado- pero que es un problema concreto de la vida citadina y cada vez más sedentaria.
    Desde ya les digo que ya averigue y no lo envían para estos lares…aún….

    https://www.zamzee.com/

    Saludos!

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