Por Michael Leiton e Isaac Varela
Los bots saben lo que sientes con solo mirarte
El uso de la inteligencia artificial ha superado los límites de la matemática algorítmica para saltar de la pantalla y leer las emociones del rostro. Los bots que se encargan de leer los patrones faciales, no solo circulan entre nosotros hoy, sino que además representan inversiones millonarias para las empresas informáticas más importantes del mundo, lo que da fe de lo prometedora que ha resultado ser esta nueva perspectiva de interacción digital.
Uno de los requisitos para que la tecnología se acople a nuestros contextos es generar vínculos pseudo-emocionales con apariencia humana: robots con brazos y piernas, aparatos que te saludan por la mañana y redes sociales que antes de que elijas, ya saben lo que quieres. En este sentido la inteligencia artificial se instala como un nuevo modo de generar sentido y borra al mismo tiempo las huellas de su ilusión, para que todo parezca natural. Kevin Slavin, en su charla TED de 2011, advierte que los algoritmos adquieren el sentido de verdad porque se repiten una y otra vez, se osifican, se calcifican, y se vuelven reales, aunque siempre necesiten de la supervisión humana.
La tecnología de la lectura de emociones en el rostro, ha llegado a un punto de desarrollada relativamente simple, se puede experimentar por ejemplo a través de la aplicación gratuita AffdexMe. Esta aplicación pertenece a Affectiva, una compañía dedicada a la tecnología capaz de detectar las emociones, que surgió del Media Lab de MIT, y ha desarrollado una forma para que las computadoras reconozcan las emociones humanas, con base a señales faciales o respuestas fisiológicas. Entre las aplicaciones comerciales, se utiliza para ayudar a las marcas a mejorar sus mensajes publicitarios y de marketing.
Los orígenes de esta tecnología están basados en el estudio de Paul Ekman, un psicólogo estadounidense que analizó las microexpresiones, las cuales son reacciones involuntarias y automáticas que puede durar menos de un segundo y que permiten conocer el estado emocional de la persona que las realiza. Ekman, además determinó que estas emociones son biológicamente universales y no culturales; por lo que el miedo en el rostro de un americano tendría que lucir idéntico en el de un africano. El psicólogo en 1972 determinó que existen seis emociones básicas posibles de medir en cualquier rostro: ira, asco, miedo, alegría, tristeza y sorpresa. Este catálogo de emociones funciona aún hoy como medida para ejecutar los bots de lectura facial.
En el caso de Google, la trasposición se vuelve interesante ya que esta empresa está basada en la creencia de una libertad extra gramatical de las palabras; así lo afirma Boris Groys en su libro Volverse Público cuando dice que:
“(…) Google disuelve todos los discursos al convertirlos en nubes de palabras que funcionan como colecciones de términos más allá de la gramática” (Groys, 2014).
En este sentido las emociones son plausibles de ser divididas para generar una jerarquía autónoma basada en la preferencia o selección de los usuarios de internet; esto a pesar del ideal utópico de Google: la libertad de las palabra y su derecho a existir sin ser censurada o jerarquizada por su importancia.
Tim Cook, de Apple, es una de los interesados en esta aplicación de la inteligencia artificial, por eso ha tomado participación en la empresa Emotient, enfocada al estudio de las reacciones de los consumidores ante la publicidad. Esta adquisición de la empresa se suma a otras como Faceshit, un software de lectura facial y VocalIQ, para el reconocimiento de la voz. Microsoft no se queda atrás, se incorpora al desarrollo de la lectura facial con Project Oxford lanzado a través del sitio web How-Old.net , una página que te dice tu edad a través de una foto; además hace poco se sumó a este proyecto una nueva herramienta que sirve para detectar el estado de ánimo y que está disponible para los que desean probar de forma gratuita su versión beta.
La categorización de la emociones hace saltar del sentido común clasificaciones entre lo bueno y lo malo o, lo deseado y no deseado; de esto se puede argumentar que la alegría sería una emoción positiva y la tristeza no. Esto quiere decir también que los resultados de una lectura facial no siempre son funcionales, por lo que un error puede ser fatal. Un ejemplo de este riesgo es el caso del debate presidencial en Costa Rica durante el mes de febrero, donde la empresa Porter Novelli, llevó a cabo un análisis facial de los candidatos durante el debate en vivo y posterior a cada bloque de discusión, donde se mostraba a la audiencia los resultados generales.
No existen hoy críticas severas y notoriamente públicas contra esta tecnología, sin embargo algunos medios alternativos de comunicación como 20 Minutos hablan de la desconfianza respecto a la veracidad de esta tecnología o de su propensión a posibles errores y incapacidad de reconocer el contexto, lo que puede generar malas interpretaciones.
En el contexto de un debate presidencial, la puesta en evidencia de reacciones como el miedo o la ira, pueden resultar en prejuicios o conclusiones ad hoc por parte de la audiencia televisiva, lo que repercutirá en la obtención o no de los votos. De esto se puede advertir el peligro del error o el mal uso de esta tecnología que a simple vista parece eficaz, aunque su modo de funcionamiento es desconocido aún para la mayoría, con factores en contra como el hecho de que es la primera vez que se aplica en Costa Rica durante un debate presidencial, o que algunas reacciones como el miedo a la cámara son por el momento, imposibles de identificar.
¿Cuáles son las consecuencias de una lectura tan profunda de nosotros? ¿En qué nos afecta que nuestras emociones formen parte de un catálogo estructurado por un algoritmo alternativo capaz de pensar y concluir de manera autónoma?
Aunque las prejuicios sobre la inteligencia artificial nos puede llevar a tener una visión pesimista de nuestra vida actual, lo cierto es que la incorporación de estas herramientas implica la inevitable adaptación y al mismo tiempo, la conciencia de entender que lo digital siempre brindará una ilusión de la realidad, como lo afirma Boris Groys “Ninguna obra puede compararse a una sencilla y bella puesta de Sol” (Groys, 2014). Depende del ser humano mantenerse conectado con eso que solo se puede experimentar fuera de la interfaz digital.

Cuando la emoción es más que humana
Los límites que existen entre los seres humanos y sus creaciones tienden a desaparecer y encarnarse en la vida cotidiana hasta tener la apariencia de infinitud. Avances que parecían hace poco imposibles de lograr son hoy una realidad instalada y funcional que pasa a ocupar la base de la funcionalidad social. Las computadoras, los celulares, los avances en la medicina, las armas; son todas fundamentales para la existencia y reproducción de las actividades diarias en la mayoría de los sistemas capitalistas occidentales. La tecnología es una pieza fundamental dentro del desarrollo social, ya que permite la prolongación de la humanidad y, por siguiente, la extensión de la existencia en todos los niveles.
Siendo la tecnología indispensable para el desarrollo de la sociedad actual, parece ser incoherente cuestionar su avance o regulación. Pero, ¿hasta qué punto es necesario que avance la tecnología? Y si dejara de avanzar, ¿se acabaría el progreso? La respuesta a simple vista parece difícil de profundizar, pero la realidad es que mientras la tecnología continúe solucionando problemas y abriendo nuevas áreas de exploración su avance parece inevitable.
En muchos casos cuando se habla de “tecnología”, se utiliza el concepto con un estándar muy general; incluso parece que se plantea un sistema que se regula a sí mismo y para sí mismo. Sin embargo detrás de cada avance siempre hay un objetivo que busca satisfacer una necesidad. Las necesidades suelen ser de carácter humano por lo que el génesis de la tecnología es la sociedad misma y, por consiguiente, personas físicas. Plantear la autosuficiencia de la tecnología, al menos hoy, sería apresurado. Pero ¿A quién le sirve el desarrollo tecnológico? ¿Está la tecnología al servicio de todos o tan solo de una pocos?
En la actualidad la inteligencia artificial ha dado un paso más. Intenta desesperadamente entender cada aspecto del ser humano, ya no se conforma con lo que se le dice sino que ahora quiere llegar hasta la piel de los individuos y seguir hasta sus pensamientos. En este caso ¿desaparece la interfaz? Hasta ahora para ejecutar una acción sobre un software o hardware siempre era necesario una acción humana que ejecuta, y es a partir de esa acción que el sistema recauda la información que necesita, basada en las preferencias o incluso los caminos de búsqueda.
Pero ¿qué sucede cuando un día sin ejecutar acción y sin hacer una búsqueda tu celular sabe lo que estás sintiendo? Incluso se puede ir más allá y preguntarse ¿qué pasa cuando mis objetos comienzan a mirarme sin que yo lo sepa?
Las emociones de los seres humanos son aún circuitos complejos que están lejos de ser entendidos en su totalidad. Pero por la velocidad con la que avanza la ciencia en muy poco tiempo un software va a entender más de emociones que el mejor de los psicólogos. Las teorías budistas plantean que los seres humanos tienen algo llamado “emoción” de la que se derivan los distintos sentimientos. En el caso de la inteligencia artificial, la tecnología se convierte en la emoción en sí y genera un catálogo de sentimientos que usa a su favor. Un avance que parece ser el primer paso a una inteligencia que siente como nosotros mismos, o incluso más.
A simple vista nos arriesgamos a proponer tres categorías donde la ciencia de la lectura de las emociones juegan un papel importante y prometen cambiar la perspectiva de los sentimientos al volverlos artificiales. El aparente primer beneficiario es la ciencia en sí misma, los avances que le permiten al mundo crecer en su auto-conocimiento; el segundo son los estados y gobiernos, quienes son en buena parte los dueños de la ciencia, ya que son los primeros en hacer uso de ellas para el control social. Y por último, el capitalismo, el motor económico que mueve al mundo y cuyo fin último es el consumo.
Hay un factor en este punto que es imposible de evadir: la inversión millonaria de los avances en inteligencia artificial ¿Puede la gente por sí sola crear su propia inteligencia? ¿O son las empresas las que buscan satisfacer sus necesidades? La respuesta es obvia. Acá parece el cuarto poder: el dinero. Sin la inversión prolongada de los intereses de la ciencia, la inteligencia artificial no existiría. Con el crecimiento del mundo y las poblaciones, los estados necesitan regular las personas, y con la crisis económica mundial es esencial inventar cada día nuevas necesidades de consumo. En ese sentido, la lectura de las microexpresiones del rostro, entre otros recursos, se convierte en una herramienta fundamental.
La inteligencia artificial tiene sin embargo un larguísimo camino aún por recorrer, ya que la inteligencia humana sigue superando a la máquina, al menos hasta que esta última lo aprenda todo. Una vez que la tecnología alcance un punto maduro, tendrá capacidades que para los seres humanos son y serán impensables ¿Puede entonces una máquina ser superior a un ser humano? ¿Puede un software entender más de emociones que una persona o un psicólogo? La respuesta parece indicar que sí. Y las diferencias más importantes tienen que ver con la capacidad de cada sistema y lo que necesita para su realización.
Los seres humanos tienen una serie de necesidades relacionadas a su carácter humano y que van de lo físico a lo mental. Mientras que el software y su existencia posee más bien un ciclo de construcción supervisado por el ser humano que a simple vista conlleva ventajas, como no caer en depresión o necesitar de comida y sueño. El software se convierte en pensamiento puro sin restricción y, aunque es posible de ser apagado, eso no condiciona su capacidad ya construida; mientras que si un ser humano muere se lleva consigo su existencia.
Podría ser que la inteligencia artificial en algún momento ocupe el puesto de superioridad que tanto busca. Por ejemplo: si alguien rompe con su pareja y le cuenta a un amigo que se siente triste, este amigo tendrá que buscar entre un catálogo humano de emociones e intentar recordar, a través de una propia experiencia, el sentimiento que le plantean; si el amigo que escucha nunca tuvo pareja y jamás sufrió un rompimiento recurrirá a una situación ajena y a cada paso se irá alejando del génesis de la emoción. La máquina, por el contrario, puede buscar entre miles de casos del mismo hecho y reconocer los sentimientos y aspectos comunes más importantes para buscar la alternativa más acertada a una posible solución. Entonces ¿puede la máquina ser mejor que un ser humano para resolver los problemas?
Las empresas digitales necesitan cada vez más herramientas para anticiparse a lo que la gente busca o necesita. Y lo más relevante es que pretende conocernos incluso más que nosotros mismos o que la gente que nos rodea. Uno puede acá parar un momento y temer a la manipulación en su expresión máxima. Por ejemplo, es sabido que existen relaciones humano a humano, donde uno de los dos hace un uso manipulador de la mente del otro y obtiene un beneficio de la otra personas que no está consciente de que está siendo manipulada. Pero ¿qué pasa cuando lo mismo sucede entre un hombre y un software humanamente superior? A simple vista no sería una locura pensar que el software un día tendrá más información de mi que yo mismo, ya que puede llevar a cabo acciones que no son posibles para una ser humano, como tener un registro de cada momento de la vida de un individuo sin excepción, mientras que un ser un humano inevitablemente tenderá a recordar sólo lo más importante.
Hasta hace poco la teoría de la aguja hipodérmica fue enterrada, ya que estaba claro que la televisión no era capaz de obligar a una persona a ejecutar una acción. Pero hasta ese momento la televisión, como dispositivo de manipulación, se quedaba en casa. Ahora el mismo efecto te sigue a cada paso: llegas al subte y te dice el tránsito, vas camino y te recomienda un lugar, enciendes alguna red y te dice que zapato comprar, y lo peor de todo, es que suele ser un zapato que te va a gustar, porque te conoce. Sin embargo lo que aún hoy es cierto es que la inteligencia artificial sigue siendo posible de controlar por los humanos y son estos lo que deben decidir; tal como dice Latour “la técnica no es más que un dócil y diligente esclavo” (Latour, 1999).
